Prólogo



          Parecía impaciente por escucharme leer, pero me tomé mi tiempo para que no notara en mi tono de voz la debilidad que me embargaba. Hice una pausa y bebí un poco de agua de la petaca dorada con la que solía fingir que bebía whisky en aquellas noches de fiesta, que me resultaban ahora tan tremendamente lejanas. Hacía demasiado tiempo que no tenía ese diario entre mis manos. Ni siquiera lo recordaba tan voluminoso. No había dejado ni una sola hoja en blanco, y me resultó demasiado hiriente contemplar esa letra garabateada en su interior.
          Abrí el cuaderno en la primera página y la leí en silencio. Las palabras que se plasmaron años atrás en esas hojas, comenzaron a dibujar en mi mente las claras escenas vividas antaño. Me adelanté un par de páginas ante la impotencia que me causaron las primeras, por no poder hacer nada para cambiar su contenido. Sin pensármelo dos veces, me apresuré a leer.
          –“Miré a mi espalda y la respiración se me aceleró al contemplar la gran altura a que me encontraba. Las piernas me temblaban y me costaba mantener el equilibrio, a pesar de intentar con todas mis fuerzas permanecer firme, pues me encontraba a escasos centímetros del borde del acantilado, y un mínimo movimiento podría ocasionar mi caída…”
          –Un momento, un momento –me cortó. Se apartó el pelo de la cara y se lo puso detrás de la oreja. Me miró con sus enormes ojos y sonrió. Porque siempre sonreía–. ¡La historia no comienza así!
          Fruncí el ceño y resoplé. Había ciertas cosas que no quería recordar, ciertos nombres que no quería pronunciar.
           –Me ha parecido más interesante empezar por…
          –Venga, no seas aguafiestas y haz las cosas bien. Ya sabes, lee despacito y con mucho amor –me pidió, con una reluciente sonrisa.
          Le dediqué una falsa mirada desafiante y negué con la cabeza. Tomé aire y me decidí a comenzar como realmente debía hacerlo; por el principio. Al oírme hablar, noté que mi voz no era la misma. También había envejecido. 


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