Capítulo 1








1
¿Cuál era mi nivel?



            Eran las 8:43 de la mañana. Eso significaba que llegaba trece minutos tarde, a pesar de que había tomado todo tipo de precauciones para ser puntual. El día anterior me había acostado pronto y levantado aún más temprano para asegurarme de que llegaba a mi cita con el tiempo necesario. Elegí la ropa minuciosamente y busqué en Google la dirección a la que me dirigía pero, a pesar de todo, era el momento de reconocerme a mí misma que me había perdido. Llegué a plantearme desistir e irme a casa, de todas formas, ¿qué posibilidades podía tener de lograr mis objetivos llegando tan tarde?  
            Pero ahí estaba, un par de calles más abajo, la placa que indicaba el nombre de la dirección que tanto buscaba. Se trataba de un edificio enorme y muy elegante de color salmón claro. Las ventanas tenían grabadas las iniciales S&Co en letra cursiva. Desde la entrada podía ver el recibidor, en medio de dos pasillos enormes, y al lado de una escalera de caracol. Dentro, un hombre uniformado recibía con una sonrisa a los visitantes.
            Miré el reloj y, al darme cuenta de que cada segundo que pasaba frente a la puerta recalcaba más mi falta de puntualidad, me apresuré a entrar. Me dirigí al mostrador de la recepción, tras el cual había una chica extremadamente delgada, con una melena pelirroja muy rizada, que tenía los ojos clavados en una revista de corazón. En su pecho tenía una placa identificativa con el nombre de Amanda. Tras aguardar unos segundos, en los que la joven no pareció percatarse de mi presencia, carraspeé la garganta para hacerme notar.
            –Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle? –me preguntó sin apartar la mirada de la revista.
            Amanda no era el mejor ejemplo de profesionalidad ni de educación, ya que no solo no me miraba, sino que no se molestaba lo más mínimo en ocultar el chicle que estaba mascando.
            –Tengo una cita para una entrevista de trabajo con Silver Betancourt.
            –¿Su nombre?
            –Nora Suárez.
            –Un momento, por favor. –Levantó el teléfono y marcó un número. Tras una pausa de un par de segundos, respiró hondo y se concentró al máximo en sus palabras–. Buenos días señor Betancourt, acaba de llegar su visita de las 8:30… ¿Qué? –Amanda permaneció callada escuchando las palabras de su interlocutor. Giró la cabeza para mirar el reloj que había detrás de ella y comprobó que llegaba casi veinte minutos tarde­–. Lo siento señor, no me había parado a comprobarlo. ¿Le digo que se retire? –De nuevo permaneció a la espera–. ¿Entonces le doy otra cita?... De acuerdo, ahora mismo, señor.
            –Disculpe el retraso –me apresuré a excusarme ante la mirada penetrante de Amanda–. No conozco muy bien esta zona y me ha resultado algo complicado encontrar…
            –El señor Betancourt la recibirá a pesar de su tardanza –me cortó con un tono algo grosero–. Coja el ascensor que está en el pasillo de la derecha, suba hasta la planta tres, y diríjase a la puerta de la izquierda.
            –Gracias.
            Me dirigí al ascensor, pulsé el botón táctil y esperé. Cuando éste llegó, estaba vacío. Presioné el botón de la tercera planta y examiné mi rostro en el espejo. Mi larga melena castaña estaba medio recogida, y mi piel clara resaltaba mis ojos marrones. Comenzaba a dudar que mi atuendo fuera el más adecuado, a pesar de haberme probado casi todo lo existente que tenía en mi armario. Había elegido unos tejanos oscuros, unos tacones bajos para disimular mi escaso metro sesenta y un jersey de punto de color ocre. Demasiado informal, vista la elegancia generalizada que se extendía por en el recinto.
            Al cabo de unos instantes, el ascensor anunció su llegada con un pitido algo desagradable. Las puertas se abrieron, y me encontré en un hall grande y luminoso, cuyo centro estaba ocupado por un mostrador, tras el que había un impecable vidrio que cubría dos estancias. En el cuarto de la derecha, trabajaban unas veinte personas. No paraban: atendían el teléfono, analizaban datos en el ordenador, archivaban papeles y consultaban dudas unos con otros. El lado izquierdo era exactamente igual, exceptuando que la sala era algo más grande y había la mitad de personas, muchos más jóvenes. En ésta, la gente no trabajaba tan apurada. La puerta estaba abierta, así que pude escuchar a dos trabajadores que hablaban entre sí sobre un programa que se había emitido la noche pasada, haciendo caso omiso al teléfono que sonaba sin cesar.
            Me dirigí a la sala que me había indicado la recepcionista y, al fondo del recinto pude ver el despacho del señor Betancourt. Aguardé unos segundos frente a la puerta para tratar de tranquilizar mis nervios.
            –¿Cuál crees que será su potencial? –susurró una voz masculina a mi espalda.
            –No lo sé, pero no tiene pinta de superar el nivel uno –respondió una mujer.
            Me giré para observarlos, pero no se molestaron en desviar su mirada de la mía. Llamé a la puerta, y entré al escuchar una voz que me invitaba.
            En el centro del despacho había una mesa de madera con mármol, y una silla de cuero. De ella se levantó quien supuse que sería Silver Betancourt. No pude esconder un gesto de sorpresa al verle, pues era todo lo contrario a lo que me había imaginado. Ante mí se encontraba un chico joven y muy guapo, bastante alto, con una corta melena rubia y ojos verdes. Vestía un traje claro con una corbata negra, y parecía ser un chico corpulento. Estaba segura de que tenía la boca entreabierta, pero era incapaz de cambiar la expresión de mi rostro.
            Dio unos pasos y se acercó para estrecharme la mano. Me ruboricé, y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.
            –Buenos días, viene por la entrevista de trabajo, ¿no es así? –me preguntó.
            –Sí –afirmé casi en un susurro. El corazón me latía a gran velocidad y estaba convencida de haberme puesto colorada.
            –Tiene que ser muy buena secretaria si ha pasado la entrevista previa con mis subordinados –manifestó echándole un ojo a su reloj de muñeca. Arqueó las cejas, y negó con la cabeza mientras apretaba los labios.
            Lo cierto es que no había pasado por ninguna entrevista previa. María, una vecina de mi madre, acababa de dejar el puesto para el que yo aspiraba tras prejubilarse y había logrado enchufarme en la lista de candidatas, en la que tenía que competir junto con otras dos mujeres para conseguir el empleo.
            –Disculpe el retraso, pero no conocía la zona y me fue algo complicado encontrar este edificio. –Estaba muy nerviosa y me costaba encontrar las palabras adecuadas.
            –¿Vive por aquí? –me preguntó.
            –A una media hora –contesté–. Pero, a pesar de haber llegado tarde hoy, soy bastante puntual–. Me apresuré a añadir.
            No dijo nada, y se limitó a rebuscar en un montón de papeles.
            –Tome asiento por favor –me pidió señalando un amplio sofá de cuero negro que había a mano derecha, junto a una butaca individual del mismo color y una mesita de cristal reluciente–. He leído su currículum... Es algo joven para ocupar el puesto de mi antigua secretaria. María estuvo con nosotros muchos años. Con esto le quiero decir que tenía bastante experiencia, así que le resultará difícil estar a la altura –me advirtió mientras se acomodaba en la butaca–. Pero dado que la ha recomendado ella para el puesto, merece el beneficio de la duda, ¿no cree? 
            –Supong…
            –¿De qué conoce a María? –me cortó.
            –Es vecina de mis padres. Cuando vivía con ellos, en algunas ocasiones cuidaba de mí –respondí.
            Por aquel entonces, las cosas eran muy diferentes. Disfrutaba demasiado de mi libertad y eso me había pasado factura. Mi madre nunca había tenido mano dura conmigo, y quizá me hubiera hecho falta. Haciendo memoria, estaba segura de haber escuchado más sermones de María que de ella.
            Volví al presente y me sorprendí al darme cuenta de que Betancourt me observaba con interés a la espera de que dijera algo más pero, al darse cuenta de que no tenía nada que añadir, leyó atentamente sus papeles y siguió preguntando.
            –Bien… Si tuviera que destacar tres puntos fuertes y tres débiles de su personalidad, ¿cuáles serían?
            –Diría a mi favor que… sé trabajar en equipo, soy responsable y muy organizada. Puntos débiles… Quizá un poco hiperactiva, testaruda y algo despistada –reconocí con nerviosismo.
            –¿Está estudiando otras ofertas de empleo? –preguntó mientras escribía en el cuaderno.
            –No.
            –Veo que tiene carnet de motocicleta y automóvil. ¿Posee vehículo propio?
            –No.
            ¿Cómo iba a tenerlo? Apenas era capaz de pagar a tiempo las facturas. Hacía casi un año que buscaba trabajo y los gastos me ahogaban.
            Su formación se basa en estudios superiores como administrativa. ¿Cree que es apta para el puesto?
            –Sí –afirmé con seguridad–, creo que sí. María me ha hablado de las tareas que desempeñaba y me veo capaz de realizarlas.
            –¿Sabe algo de leyes? Porque, como sabrá, este es el bufete más reclamado y con el índice de eficiencia más alto del país, y algunos conocimientos jurídicos no vienen mal.
            –La verdad es que no tengo mucha idea. –Me daba la impresión de estar temblando, pero al ver que él no notaba nada extraño en mi conducta, continué–: Si usted considera que debo saber algunas cosas, puedo estudiarlas.
            No dijo nada. Aspiró aire y contempló sus notas mientras daba unos pequeños golpecitos con el bolígrafo sobre la butaca. No parecía demasiado conforme con mis respuestas. Conmigo en general. No tenía la impresión de que me estuviera prestando demasiado interés, algo que hizo que me pusiera aún más nerviosa.
            –¿Qué edad tiene? –me preguntó–. No ha escrito su fecha de nacimiento en el currículum –dijo mirando con detenimiento los documentos que tenía en las manos.
            –Veinticuatro –respondí casi en un susurro.
            No tenía nada que hacer. En el fondo, hasta yo misma sabía que no estaba capacitada para un puesto así. Nunca había trabajado como secretaria, ni siquiera tenía un título específico para ello con el que ganar puntos. No hablaba idiomas, no tenía coche y había llegado tarde a la entrevista. ¿De qué me sorprendía, ante la pasividad de Betancourt?
            –Un año más joven que yo –susurró para sí, esbozando una sonrisa. Era la primera vez que le veía sonreír–. ¿Estudia actualmente o tiene algún motivo que pueda distraerla de su trabajo? –Separé los labios para contestar, pero continuó hablando–. Supongo que María le habrá dicho que en este puesto es probable que haya que trabajar algunas horas de forma imprevista, cuando se acumule el trabajo.
            –No me había dicho… Pero no, no tengo ninguna ocupación que me impida… –No sabía cómo concluir ninguna frase. Tenía la sensación de estar haciendo el ridículo. Tras una pausa, quizá demasiado larga, cogí aire y continué–. No creo que haya problema con nada de eso–. Intenté aparentar serenidad, pero la voz me flaqueaba.
            María, simplemente, se había limitado a llamarme por teléfono tres días antes de la entrevista, comunicándome que el puesto estaba vacante. Me contó de mala gana y muy por encima algunas de sus tareas en el bufete. Por su voz, había podido comprobar que no parecía muy contenta de darme la noticia de que tenía la posibilidad de acceder al puesto. Aún no entendía por qué me había recomendado, ya que nunca nos habíamos llevado demasiado bien.
            –Estamos haciendo renovación de plantilla, contratando gente joven dispuesta a aprender y entregarse al máximo a nuestra empresa. Y le diré la verdad, necesito a alguien cuanto antes, así que, dado que viene recomendada por María, que permaneció más de veinte años en el bufete con un trabajo impecable, me veo decidido a darle una oportunidad. ¿Cuándo podría empezar?
            –¿Qué? –pregunté inconscientemente.
            –Que cuando podría empezar –repitió vocalizando más lentamente.
            ¿Eso era todo? No me creía lo que estaba pasando. Me encontraba en un lujoso bufete, intentando acceder a un puesto para el cual tenía poca o ninguna preparación, respondiendo a las preguntas de la entrevista, a la cual había llegado casi con media hora de retraso, de una manera bastante torpe, y en apenas unos minutos, ¿el puesto era mío?
            –¿Le pasa algo? –me preguntó Betancourt al no obtener respuesta.
            –Puedo empezar cuando quiera –respondí rápidamente.
            Pareció satisfacerle mi respuesta. Me observaba con gesto inexpresivo, y parecía que tenía ganas de terminar con la entrevista cuanto antes. Quizá me había dado el trabajo por falta de tiempo para entrevistar a otras candidatas. O podía ser que ya las hubiera entrevistado y fueran aún más nefastas que yo. Trataba de buscar un indicio lógico que me explicara por qué me había elegido.
            –Si le parece bien, puede empezar mañana y hoy le enseño el despacho de María, que a partir de ahora será el suyo. Tengo mucho trabajo, así que necesito que se ponga manos a la obra lo antes posible –me dijo mientras se levantaba de su asiento.
            –¿Mi despacho? –Pronuncié las palabras tan bajo, que no pudo oírme.
            No salía de mi asombro ante tanta facilidad. Abrió la puerta y me guio a la sala que estaba justo al lado de su despacho. Los trabajadores que se dieron cuenta de la presencia de Betancourt, cambiaron radicalmente su actitud, fingiendo realizar alguna actividad con el ordenador o atender alguna llamada. Me percaté de que algunas personas me examinaban disimuladamente con la mirada y cuchicheaban.
            Mi despacho era parecido al suyo, solo que más pequeño y mucho menos lujoso. Sobre una vieja mesa de roble, había un ordenador y un teléfono.
            –Le explicaré sus competencias para que pueda ponerse a ello cuando se incorpore a la empresa. Verá, este ordenador contiene todos los datos e información referente a los clientes y proyectos del bufete. Cada vez que llame un nuevo cliente, tendrá que rellenar una solicitud con todos los datos que pide el programa, imprimirla y entregármela. No debe hacerlo al instante, las solicitudes se acumulan durante el día y se entregan a primera hora de la mañana siguiente –recitó con rapidez–. ¿Lo ha comprendido? –preguntó dubitativo al contemplar mi cara de concentración.
            –Si –afirmé confiada. 
            –Perfecto. Cada vez que suene el teléfono salude dando el nombre del bufete y a continuación el suyo. –Me miró y su rostro se congeló durante tan solo unos segundos, en los que se mostró ausente, clavando sus brillantes ojos en los míos. Tomó aire, y continuó–. Cada vez que llaman al teléfono de mi despacho, suena primero aquí, ya que este teléfono tiene dos líneas. Si llaman a la mía, se ilumina esta lucecita de aquí. –Alzó el dedo índice para apuntar al led del teléfono que estaba en la parte inferior. Su tono de voz se había dulcificado–. Cuando averigüe quién es, lo pone en espera y me llama para comunicarme la llamada pulsando la tecla uno. Si no estoy, se encarga de coger el recado.
            –Muy bien –dije con la voz firme. No parecía muy complicado. ¿Dónde estaba el truco?
            Se llevó la mano derecha a la cabeza y la deslizó suavemente por sus cabellos rubios. Me quedé embobada contemplándole. Era un chico muy guapo, y parecía agradable a pesar de su afán de hacer todo con esa rapidez tan agobiante. Se notaba que era de familia adinerada, un niño bien. Como decía mi madre, “El amor y el dinero, se notan”.
            No dejaba de resultarme extraño ese lugar. Antes de la entrevista me había informado bien sobre el bufete. Lo había fundado un abogado, el señor Sorolla, asociándose con algunos de sus veteranos colegas de la profesión. Por lo que había podido leer en algunos artículos publicados en una página de internet, el S&Co encabezaba la lista de los bufetes más experimentados de España. Sin embargo, por lo que había visto hasta el momento, el personal no parecía demasiado eficaz ni profesional, por no hablar de Betancourt, cuya edad no me parecía suficiente para dar paso a una larga carrera, ni a un trabajo tan efectivo como para hacerse con un alto cargo como el que regentaba. Quizá con el tiempo la experiencia me hacía cambiar de idea.
            –Aunque ahora le parezca sencillo, aquí trabajamos sometidos a demasiada presión. ¿Podrá con todo?
            –Por supuesto. –De los nervios, casi respondí en un susurro, pero pareció comprender mis palabras perfectamente.
            –Estupendo. Eso es todo por el momento. Pase mañana por mi despacho para firmar el contrato, no hay tiempo que perder. –Me abrió la puerta amablemente y esperó a que saliera. Me acompañó hasta el ascensor, y cuando éste llegó, me dedicó una reluciente sonrisa y se despidió levantando fugazmente la mano.
            –Hasta luego –tartamudeé tontamente. Una sensación extraña recorrió mi cuerpo.


            Mientras caminaba hacia mi casa desde la parada en la que me había dejado el autobús, intentaba memorizar el camino hasta el S&Co para no llegar tarde al día siguiente. Todavía no me creía que todo hubiera sido tan fácil. María y yo, antes de nuestra breve conversación telefónica, no habíamos hablado desde que me fui de casa de mis padres, hacía ya cuatro años. ¿A qué venía esa extraña intervención en mi vida? Me invadió una repentina curiosidad por saber cómo le había ido todo en esos últimos cuatro años, en los que no habíamos mantenido contacto alguno.
            A pesar de que María me cuidaba cuando era pequeña, yo nunca le había gustado, pero no saber encajar el hecho de estar sola, sin marido ni hijos, hacía que la malhumorada mujer llegara incluso a desear pasar tardes enteras conmigo. Hacerse cargo de mí cuando mis padres no podían, era una gran ayuda para mi familia, aunque en ese momento yo no supiera apreciarlo. Pero aparte de eso, María jamás demostró ningún sentimiento afectivo hacia mí. Esa era la razón de mi gran asombro al conocer la noticia de que ella misma me había recomendado para acceder a su antiguo empleo. La curiosidad por saber si quizá María había cambiado, se removía dentro de mí cada vez con más fuerza.
            Iba tan absorta en mis pensamientos, que cuando quise darme cuenta ya había llegado al portal de mi casa. Entré, y saludé al veterano matrimonio del piso de arriba. Apenas me miraron. La mayoría de mis vecinos eran personas mayores que habían nacido y vivido siempre en ese mismo lugar, y no les agradaba demasiado que la nueva y ruidosa juventud invadiera su tranquila vida.
            Vivía en el bajo, así que solo tuve que andar unos cuantos pasos para llegar hasta la puerta. Sentado en el sofá viendo la televisión a todo volumen, se encontraba mi novio, Bruno. Era mestizo y tenía el pelo corto y encrespado. Nos habíamos conocido en el instituto, y llevábamos juntos casi siete años. Era esa clase de chicos con facilidad para meterse en líos.
            –¡Hola Nora! –Exclamó levantándose del sofá de un brinco al verme entrar. Me besó en los labios y se sentó de nuevo–. ¿Qué tal la entrevista?
            –No te lo vas a creer, pero me han dado el trabajo. ¡Empiezo mañana! –le comuniqué.
            –¿Qué? –gritó con una sonrisa de oreja a oreja. Aspiró aire a modo de sorpresa y me abrazó enérgicamente, elevándome en el aire y dando media vuelta. Cuando me soltó, riendo y sin salir de su asombro, me agarró de la mano y ambos nos sentamos de nuevo en el sofá. 
            –¡Cuéntamelo todo! –me pidió con los ojos llenos de curiosidad.
            –La verdad es que no hay mucho que contar. Me hizo un par de preguntas y me dijo que merecía una oportunidad. No sé, creo que simplemente se fio de lo que quiera que le haya dicho María –reconocí.
            –¿María ha hablado bien de ti?– preguntó perplejo.
            –Supongo. Yo también me quedé bastante sorprendida –coincidí–. Pero si me ha recomendado, algo positivo ha tenido que decir. Sabes que se lleva muy bien con mi madre, lo habrá hecho por ella.
            Bruno detestaba a María incluso más que yo, y no le faltaban motivos. El día que ella lo vio por primera vez, lo único que se le ocurrió decir fue “¡Pero si es negro!”.
            –No me lo creo –dijo Bruno. Dibujó un extraño gesto en su rostro y se llevó la mano a la barbilla.
            –Piensa lo que quieras. Lo importante es que he conseguido trabajo.
            Nos pasamos un buen rato hablando del tema. Le expliqué mis tareas, el horario, cómo era mi despacho y le hablé de mi jefe. Le comenté lo mucho que me extrañaba su corta edad, pero a él no parecía sorprenderle tanto como a mí, pues ambos habíamos escuchado con anterioridad la intención que tenía la empresa de hacer renovación de plantilla para darle un aire más joven, iniciativa que no comprendí pues, a mi entender, lo que espera un cliente de un abogado es la máxima experiencia.
            Cuando quisimos darnos cuenta, ya eran casi las dos de la tarde.
            –Voy a hacer algo de comer. ¡Me muero de hambre! –dije mientras me dirigía a la cocina. Las tripas me rugían.
            –¡Vaya, se me había olvidado! –soltó Bruno de golpe llevándose la mano a la boca–. Llamó tu madre por la mañana y me dijo que fueras a comer con ellos sin falta, que tenían que hablar contigo.
            –¿Y me lo dices ahora? –le dije enfadada mirando el reloj.
            –Perdona, es que con todo el tema del trabajo se me había olvidado. Coge mi moto, así no perderás tiempo esperando el autobús.
            –¿No vienes? –le propuse.
            –No, tengo cosas que hacer aquí –respondió–. Voy a buscar las llaves y el casco.
            –A ver si tienes algo más de cabeza y me dices las cosas cuando me las tienes que decir –sermoneé a Bruno cuando me trajo el casco y me lo entregó junto con las llaves–. Luego nos vemos.
            –Hasta luego –se despidió–. La moto está en la acera de enfrente –añadió mientras salía por la puerta.
            Salí a la calle y vi su moto mal aparcada en una plaza de minusválidos. Por mucho que le insistiera en que no aparcara ahí, mis esfuerzos eran inútiles. Tenía una Honda CB 1300 de color rojo y negro. Se la habíamos regalado entre su madre y yo por su veintidós cumpleaños, y desde ese día no iba a ningún sitio sin ella.
            Arranqué y comencé a notar el aire revolviéndose en mi pelo y revoloteando dentro de mi camiseta. A pesar de que no me agradaba demasiado la idea de ir en moto, me gustaba la sensación de adrenalina y libertad que sentía al conducirla.
            Al cabo de diez minutos llegué al barrio Marinero, donde vivían mis padres. Aparqué cuidadosamente la moto en la acera, y até el casco con la cadena que llevaba en el maletero. Caminé unos pasos hasta llegar a la puerta principal y entré sin llamar, ya que esa puerta nunca se cerraba. Nada más entrar, se accedía a un jardín con columpios y bancos. Había tres bloques de viviendas con ocho pisos cada uno. Me aproximé hacia el portal ciento seis y llamé al tercer piso. Unos segundos después, sin responder, me abrieron la puerta. Cogí el viejo ascensor que tanto miedo me daba de pequeña y subí a casa de mis padres.
            –Hola mamá, hola papá –saludé con poco entusiasmo.
            Mis padres se encontraban al lado de la puerta, esperándome. Por el evidente gesto de infelicidad que dibujaban sus caras, pude deducir que no ocurría nada bueno. Mi padre tenía la mirada clavada en el suelo desde su metro ochenta. Su delgado cuerpo estaba apoyado en la pared. Suspiró y se pasó la mano por la cabeza, que llevaba casi rapada. Mi madre medía poco más que yo. Llevaba media melena y tenía el pelo negro y rizado. Miré directamente sus ojos y observé que los tenía un poco rojos, como si hubiera estado llorando. Alarmada, intenté averiguar qué pasaba.
            –¿Ocurre algo? –Mi padre, en vez de contestar a la pregunta, se dio la vuelta y se dirigió a la cocina.
            –Nada grave cariño. Vamos, que se enfría la comida –respondió siguiendo los pasos de mi padre. Yo hice lo mismo.
            Cuando entramos, mi padre estaba sentado en la mesa, disponiéndose a probar la carne asada de mi madre. Yo me senté delante de él mientras mi madre sacaba del horno un gran pedazo de carne y cortaba dos trozos. Los sirvió en los platos que había en la mesa, que ya contenían patatas, y se sentó al lado de mi padre.
            –Y dime, hija –me habló mi padre después de beber un trago de cerveza que acababa de coger de la nevera junto a una botella de zumo para mí–. ¿Qué tal te ha ido la entrevista de trabajo?
            Tenían algo que contarme, algo malo, pero que no sabían cómo hacerlo. Como no quería presionarles, traté de fingir que no me daba cuenta de la incómoda situación.
            –Muy bien. He conseguido el empleo –respondí mientras me metía un pedazo de carne en la boca. Para mi sorpresa, ninguno de los dos pareció sorprenderse–. No parece que la noticia os pille desprevenidos.
            –Me lo ha contado María –confesó mi madre.
            De nuevo María hacía acto de presencia en mi vida. Por unos instantes, dejó de importarme lo que quiera que les pasara a mis padres.
            –¿Y ella cómo lo sabe? –le pregunté elevando sutilmente el tono de voz a causa del interés. 
            –No lo sé. Me la encontré en la plaza ayer y me lo dijo –respondió–. Supongo que se lo habrá dicho alguien de la empresa.
            –¿Ayer? –pregunté atónita–. Si la entrevista ha sido hoy… –murmuré extrañada.
            Mi madre se encogió de hombros y siguió comiendo. Mi padre tenía la mirada perdida, y parecía ajeno a la conversación. Nadie excepto yo parecía extrañado.
            –¿Qué te ha dicho? –le pregunté impaciente por conocer la respuesta.
            –Solo que te habían dado el trabajo –contestó con aire despistado–. No parecía muy contenta. Pero es normal, no creo que le hiciera gracia que la echaran después de tantos años, y que hayan encontrado a alguien con tanta rapidez –opinó mientras cortaba un trozo de pan.
            –¿La despidieron? ¿Por qué? –quise saber, sin reprimir mi asombro.
            –¿Por qué te importa tanto? –preguntó mi madre arqueando una ceja.
            –Simple curiosidad –disimulé bajando el tono de voz y desviando la vista hacia mi plato.
            –El fundador del bufete, Juan Sorolla, murió hará seis meses y su hijo heredó la empresa. Parece que está haciendo algunos cambios y contratando gente nueva para dirigir el negocio. Muy rápido el chico, por lo que parece –me informó mi padre–. Dicen que ha enchufado a muchos de sus amigos, unos niñatos sin experiencia alguna. Si las cosas siguen así, el S&Co se irá a pique.
            –Teo, el que murió hace seis meses es el padre del vecino de arriba. El señor Sorolla murió hace tan solo dos meses –le corrigió mi madre.
            –¿Qué más da? Parece que en este barrio no deja de morir gente –opinó mi padre.
            –No seas exagerado –le pidió mi madre.
            –¿Porque dices que no deja de morir gente del barrio? –le pregunté a mi padre.
            Mi padre solía estar enterado de todos los acontecimientos y chismorreos de algunos vecinos, pero que conociera información acerca de los Sorolla, me parecía extraño.
            –Juan Sorolla vivió en el barrio con su hijo un par de años hace mucho tiempo, cuando el chaval era pequeño y las cosas no les iban tan bien. Vivían dos pisos más arriba que María, creo que Sorolla se llevaba demasiado bien con ella –dijo mi padre, con un tono insinuante.
            –No des cosas por ciertas sin saber, Teo, no especules. María siempre dijo que la relación que mantenían era estrictamente profesional –le dijo mi madre.
            –Ya. Entonces, supongo que es casualidad que a los dos meses de que Sorolla y su hijo vinieran a vivir aquí, María consiguiera convertirse en su mano derecha dentro de la empresa, ¿no? –expuso–. Bueno, dentro y fuera –añadió en voz baja para que mi madre no lo escuchara.
            –No lo sé, prefiero no meterme en los asuntos de los demás –repuso ella.
            –Cuando empezó a funcionar el bufete y se llenaron los bolsillos, se mudaron –continuó mi padre, girándose hacia mí para evitar la mirada de desaprobación que ponía mi madre ante el nuevo tema de conversación, que se exponía en la mesa de su apacible cocina–. ¿No te acuerdas de su hijo? Jugabais de vez en cuando en el jardín –me preguntó mi padre.
            –¿Quién es su hijo? –le pregunté.
            –No recuerdo cómo se llamaba. Era bastante rarito y no salía mucho de casa. ¿Laura, tú recuerdas su nombre?
            –No. Entre que Nora no estaba nunca en casa y que él era un chico muy tímido, no se le veía demasiado.
            –Espero que él tampoco se acuerde de mí. Sería incómodo.
            Nadie añadió nada más. Estuvimos un rato comiendo en silencio, hasta que mi madre le dedicó a mi padre una mirada de complicidad, mientras tosía sutilmente para incitarlo a hablar.
            –Nora, tu madre y yo tenemos que decirte algo. –Al terminar la frase, miró a mi madre y se quedó callado. Ella soltó el tenedor con el que sostenía un trozo de carne, y se puso seria.
            –Lo que te vamos a decir, lo venimos arrastrando desde hace ya un tiempo, no es nada nuevo para nosotros. –Hizo una pausa y tomó aire–. Tu padre y yo no estamos pasando un buen momento en nuestro matrimonio y hemos decidido darnos un tiempo. –La voz le temblaba, pero intentaba disimularlo, queriendo aparentar serenidad.
            –Vamos a divorciarnos –concretó secamente mi padre. Al escuchar esas palabras, a mi madre se le escaparon un par de lágrimas que se le deslizaron lentamente por las mejillas.
            –No es una decisión que acabemos de tomar. Lo hemos hablado muchas veces y creemos que es lo mejor para todos –añadió mi madre, agachando la cabeza para que no la viera llorar.
            –Pero queremos dejar claro que entre nosotros no existe una mala relación. No seremos esa clase de divorciados que ni se hablan. No tiene por qué cambiar nada para ti –prometió mi padre.
            Noté que se me quedaba el gesto helado. Tenía la boca entreabierta, pero no sabía qué decir. Siempre había visto la relación de mis padres como un ejemplo a seguir, es más, no recordaba ni una sola pelea importante entre ellos. Eran dos personas muy diferentes, eso lo sabía, pero mi madre siempre había logrado manejar el mal humor de mi padre. Mi madre, una mujer trabajadora y ama de casa sumisa y religiosa, habría aguantado tormentas y tempestades con tal de no tener que recurrir al divorcio. En cambio mi padre tenía una mentalidad más abierta; era un artista frustrado, que nunca se había conformado con la vida que tenía, aspirando siempre a más con escasos resultados.
            –¿Por qué? –inquirí al fin.
            –Cariño, las cosas entre nosotros ya no son como antes. Pasamos por una etapa complicada –dijo mi madre.
            –Pero eso no significa que no podamos quedar para comer los tres de vez en cuando, como ahora –aseguró mi padre mirándome a la cara con ojos esperanzados.
            –¿Y qué va a pasar ahora contigo, papá?, ¿a dónde vas a ir? –No quería oír su respuesta, porque en el fondo ya la sabía. Solo había un sitio en el que podía refugiarse.
            –Me iré al pueblo la semana que viene. Me han ofrecido un empleo en la fábrica de lácteos –contestó mi padre–. Me iba a ir hoy por la noche, pero ha habido un problema con las tuberías de la casa y tienen que cambiarlas.
            ¿Dónde estaba el inconformista que quería más? No debía ser muy feliz si se conformaba con trabajar en una fábrica de lácteos. Quizá haberme ido de casa, evitar sus llamadas de vez en cuando y alargar la celebración de las reuniones familiares dinamitara definitivamente su matrimonio. Siempre habíamos sido una piña, pero ya no éramos nada, por no ser, casi ni éramos una familia.
            –Si te vas solo podremos vernos una vez a la semana, y eso con suerte –reflexioné nerviosa.
            –No hay demasiada diferencia a lo que tenemos ahora –murmuró. Me sonó como un reproche–. Intentaré venir todas las veces que me sea posible –me prometió–. Y podemos llamarnos siempre que queramos, y tú también puedes ir al pueblo cuando tengas tiempo.
            Mi madre seguía sin decir nada, casi sin moverse. La miré y entendí que a ella le hacía la misma gracia que a mí.
            –Mamá, ¿de quién ha sido la genial idea?
            –Nadie es culpable de nada –me respondió con sequedad.
            –Muy bien, haced lo que queráis, creo que ya sois mayorcitos, ¿no? –Me levanté de la mesa dejando el plato medio lleno–. Me tengo que ir, Bruno me está esperando.
            –Sé comprensiva con nosotros –rogó mi madre agarrándome la mano.
            –Nosotros te hemos apoyado en todo. Espero que tú hagas lo mismo ahora –me pidió mi padre.  
            Tenía razón; siempre había contado con el apoyo de ambos. Debía aceptar que era su vida, y que eran libres para tomar las decisiones que consideraran oportunas. Al fin y al cabo, ellos tuvieron que hacer lo mismo cuando yo decidí irme a vivir con Bruno, a pesar de que no compartieran mi decisión.
            –Solo necesito un poco de tiempo para asimilarlo –le dije intentando ocultar mi tristeza. Mi madre me soltó la mano para juntar las suyas–. Supongo que a veces el amor se acaba –admití con la voz entrecortada.
            Treinta años. Treinta años de matrimonio que se esfumaban sin que me hubiera dado cuenta de nada. Era cierto, quizá las cosas no cambiarían mucho para mí, ¿pero qué pasaría con ellos?
            –¿Por qué no te quedas un poco más con nosotros y nos cuentas todo lo relacionado con el trabajo? Tenemos curiosidad. –Las palabras de mi madre parecían sinceras–. ¿Tienes un jefe guapo? –me preguntó dándome una palmadita en el brazo y mirándome con ojos picarones, arqueando las cejas.
            Supuse que ahora todo sería así, como un circo en el que se repetiría la misma función una y otra vez, en la que todos fingiríamos y haríamos como que no pasaba nada para satisfacer a un público fantasma.
            –Ya sabéis que solo tengo ojos para Bruno –respondí con desgana–. Pero la verdad es que el señor Betancourt no está mal –añadí en voz baja acercándome a ella, fingiendo que era un secreto.
            –Ven, vamos al salón a charlar un rato –me invitó mi padre–. Yo también me quiero enterar.
            –No, tengo que irme, me encuentro algo mal y estoy muy cansada –mentí.
            Lo único que quería era marcharme de ahí cuanto antes. No tenía ganas de fingir que me sentía a gusto solo para que ellos no se sintieran culpables de mi dolor. Tampoco quería aguantar esas palabras que se dedicaban, como si no tuvieran nada sustancial que decirse. Se comportaban como unos completos desconocidos. Intercambiaron miradas y comprendí que no querían quedarse solos. No me importó, pues guardaba la esperanza de que todo se arreglase.
            –¿Quieres que te lleve? –me ofreció mi padre–. Tengo la furgoneta aparcada cerca del puerto, no tardaremos nada.
            –No, tranquilo, he venido en la moto de Bruno.
            Mi padre puso cara de desaprobación. No le gustaban nada las motos, y tampoco Bruno, ya que pensaba que era una mala influencia para mí, y lo cierto es que tenía motivos para pensar así.
            –Está bien. Ya nos veremos–. Se despidió dándome un beso y me acompañó hasta la puerta.
            Cuando estaba a punto de entrar en el ascensor, mi madre me detuvo agarrándome del brazo.
            –Espera un momento –me pidió, y acto seguido se dirigió a la cocina.
            Al cabo de unos segundos, regresó con un sobre en la mano.
            –Ha llegado esta carta para ti hace una semana.
            –Qué raro, hace tiempo que no recibo nada aquí –le dije inspeccionando el sobre que acababa de entregarme.
            –¿Has visto de dónde procede? –me preguntó ella–. Es el sello de tu antiguo instituto.
            –Llega con siete años de retraso –bromeé.
            A finales de ese mismo año se cumplirían siete años desde mi salida del instituto, para alivio de mis profesores y algunos compañeros. Al ver que mi madre esperaba impaciente por conocer el contenido del sobre, abrí la carta y la leí.
            –¿Qué dice? –preguntó mi padre fingiendo curiosidad. Estaba segura de que no tenía el menor interés, y tan solo trataba de alargar el momento de quedarse a solas con mi madre.
            –Es una invitación para una fiesta de antiguos alumnos que va a celebrarse dentro de un par de semanas. Puedo ir con un acompañante –respondí mirando la carta.
            –Es la primera que se celebra –dijo mi padre–. Me lo dijo el hijo del mecánico.
            –Veo que te enteras de todo, papá.
            –Me gusta estar bien informado.
            –¿Vas a ir? –inquirió mi madre.
            –No lo sé, si a Bruno le apetece ir, quizá nos pasemos –respondí con pocas ganas ante la idea. No me ilusionaba demasiado encontrarme con mis antiguos compañeros.
            –Siempre con lo mismo, si no va él, no vas tú. ¿También lo acompañas al cuarto de baño? –refunfuñó mi padre. Se me escapó una risotada a causa de sus palabras.
            –Solo a veces –ironicé–. No voy a ir sola a la fiesta, y si no va él, ¿con quién voy a ir? –atajé.
            –Puedes ir con Paula, ya hace tiempo que no sales con ella.
            –Eso no es cierto, estuve con ella la semana pasada, pero bueno, ya veré lo que hago –le comuniqué–. Me voy –anuncié entrando en el ascensor mientras me despedía con la mano.
            –Hasta luego, cielo, nos vemos –se despidió mi madre.
            –Cuidado con la moto –me suplicó mi padre.
            –Siempre tengo cuidado –dije revirando lo ojos.
            De vuelta a casa, no pude dejar de pensar en toda la información que había recaudado en la comida. Si no cambiaban de opinión y seguían adelante con la separación, estaba segura de que acabaría por ver a mi padre con mucha menos frecuencia. Por otro lado, estaba el tema de María que, al parecer, había sido despedida y por lo visto el heredero del bufete, el gran jefazo del imperio S&Co, era un amigo de la infancia, por llamarlo de alguna manera. ¿Se acordaría de mí si me viera?


            Llegué a casa y Bruno seguía sentado en el sofá, muy concentrado viendo un concierto de rap en directo. Me senté a su lado y le besé en la mejilla.          
            –Estos tíos son realmente buenos –opinó cuando pusieron anuncios.
            –¿Quiénes son? –pregunté poco interesada.
            A Bruno le encantaba la música, sobre todo el rap. Se ganaba la vida como podía componiendo algunas canciones para una pequeña discográfica que no recaudaba demasiados beneficios. Su sueño siempre había sido llegar a algo en el mercado musical pero, a pesar de ser bueno en lo que hacía, no tenía suerte.
            –El Piltra y su grupo –respondió sin dejar de mirar la pantalla–. ¿Qué tal en casa de tus padres?
            Dudé unos instantes en qué responder. No es que no quisiera contarle a Bruno lo del divorcio de mis padres, pero no quería hablar de ello hasta que lo tuviera un poco más asumido. Bruno no era un chico al que se le diera demasiado bien escuchar ni dar consejos; le gustaba evadirse de los problemas y mirar hacia otro lado. Esa actitud nos había causado muchos problemas de pareja, pero en ese momento, hubiera deseado poder reaccionar como habría hecho él.
            –Bien –mentí–. Querían que fuera para darme la invitación a una fiesta de antiguos alumnos que van a celebrar. ¿Quieres ir? –Era la única excusa que se me ocurría para explicar la rapidez con la que mis padres querían que fuera a comer con ellos. 
            –A mí nadie me ha invitado –contestó poco interesado.
            –Mi invitación es con acompañante.
            –Yo también estudié ahí. ¿Por qué a ti te han invitado a mí no? –preguntó ofendido. Me encogí de hombros–. ¿Tú quieres ir?
            –Me da igual.
            –Como comprenderás, a mí me importa menos que a ti. Si quieres ir vamos, y si no, no vamos.
            Me invadió una gran impotencia. Impotencia por no ser capaz de hacer ni de decir nada ante esa burbuja en la que a veces me dejaba atrapar. En momentos así, deseaba salir corriendo, huir de esa vida en la que me sentía estancada.
            –Podemos pasarnos un rato –concluí.
            –Lo dices como si fuera una obligación –opinó con la boca llena de palomitas.
            –No es eso. Se trata de salir un poco de casa, ¡de hacer algo! –exclamé un poco agobiada–. Pero da igual, ya pensaré qué hacer, aún queda tiempo.
            Me quedé sentada, pensando. Tenía tantas cosas en la cabeza, que sabía que aunque me fuera a la cama y me pasara horas acostada, no iba a pegar ojo, y si le daba demasiadas vueltas al tema de lo de mis padres o el trabajo, acabaría por volverme loca. Debía dejar pasar el tiempo, al menos por el momento. Lo mejor que podía hacer era irme a la habitación para estar sola. Podía ver una película en la tele o escuchar algo de música, cualquier cosa que me sirviera para no pensar en nada
            –Me voy a la cama –dije al fin.
            –¿A cama a estas horas? Son poco más de las cuatro –dibujó una sonrisa picarona y me rodeó la cintura con sus brazos para que no pudiera levantarme–. ¿Quieres que te acompañe? –me propuso de manera provocativa.
            –No me apetece Bruno, no me encuentro bien –me negué comprendiendo sus intenciones.
            –¿Qué te pasa? –me preguntó algo preocupado.
            –Cosas de mujeres, ya sabes –mentí.
            –¡Peligro!, ¡peligro!, ¡peligro! –exclamó con voz de alarma. Sonrió y se apartó de mí. Frunció el ceño y cesó en su intento de acompañarme a la habitación. Era una excusa demasiado recurrente, pero muy efectiva para lograr estar a solas.


            Llevaba casi una hora tumbada en la cama, cuando Bruno entró en la habitación y se acostó a mi lado.
            –¿Te encuentras mejor? –me preguntó.
            Me giré y nuestros rostros se hallaron uno en frente del otro. Comenzó a acariciar mi pelo cariñosamente.
            –Sí –mentí. Al parecer la expresión de tristeza no lograba desaparecer de mi cara.
            Besé sus labios y me giré dándole la espalda para que no pudiera notar lo decaída que me encontraba. Me rodeó con los brazos de manera que estuvimos completamente pegados el uno al otro. Esta vez se dedicó a pasar sus dedos por mi brazo y a besarme la mejilla.
            –Mañana voy a estar toda la mañana en el estudio con los colegas del barrio. Tengo un curro del que sacaré un buen pellizco –dijo con orgullo–. Duerme, pareces cansada –susurró en mi oído.
            Comenzaba a sentirme agotada. Aún era demasiado temprano para dormir, pero la noche anterior no había pegado ojo por los nervios de la entrevista. Mañana sería un nuevo día. Los párpados comenzaron a resultarme pesados, y las caricias en el brazo que Bruno me dedicaba, propiciaron mi sueño.

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