Capítulo 2








2
El último vértigo



            Las primeras semanas en la empresa pasaron muy deprisa. A pesar de que todo me iba bien, seguía notando una sensación extraña cada vez que estaba con mi jefe. Era un hombre de un carácter severo, y se mostraba distante con todos sus empleados, pero conmigo parecía hacer una excepción que me desconcertaba. Mis compañeros de trabajo también lo habían notado. Nadie en la oficina me hablaba, y los cuchicheos sobre mí eran constantes.
            Me gustaba mi nuevo empleo, pero aún sentía la necesidad de saber más acerca del bufete, y averiguar todos los motivos que habían influido en la decisión de Betancourt de contratarme. De vez en cuando pensaba en María y en qué le habría dicho de mí a mi jefe. Después de mi incorporación, había ido a casa de María para hablar con ella acerca de todas las cuestiones que rondaban en mi cabeza, pero un vecino me había dicho que se había mudado. La llamé por teléfono, pero siempre estaba apagado. Me resultó imposible localizarla así que, tras un par de intentos fallidos, desistí.


            Era la hora del descanso de un viernes. Decidí ir a comer a la cafetería La Orquídea, que estaba en la acera de enfrente. Era un lugar amplio, con mesas cuadradas y bancos. Ofrecían una amplia variedad de comida casera. Me senté en la barra y el camarero se acercó rápidamente para atenderme.
            –Buenos días. ¿Qué le pongo? –me preguntó con una libreta pequeña en la mano.
            –Una ración de pollo con patatas, por favor.
            –¿Y de beber?
            –Agua –respondí al tiempo que alargaba la mano para coger el periódico que tenía a mi izquierda, junto a una taza de café vacía.
            –Ahora mismo se lo traigo –anunció amablemente, y se retiró cuando le dediqué una sonrisa de agradecimiento.
            Comencé a ojear la prensa. Me detuve en una página en la que se anunciaba un nuevo parque zoológico situado a las afueras.
            –Perdone, ese periódico lo estaba leyendo yo –repuso una voz a mi lado. Aparté la vista de la noticia y miré a mi izquierda. Era mi jefe, que me dedicaba una amplia sonrisa al tiempo que alzaba la mano para llamar al camarero y señalaba su café, gesticulando para que le trajera otro. El camarero le entendió en seguida y asintió con la cabeza.
            –Vaya, lo siento –lo doblé a la mitad y se lo acerqué.
            –No se preocupe, solo me quedaba por leer el horóscopo, pero creo que sobreviviré sin saber qué me deparará el futuro. Me gusta vivir al límite –bromeó aún sonriente–. ¿Va a ir al zoo? –me preguntó. Parecía haberse fijado en mi interés por la noticia.
            –Quizá. Me gustan los animales.  
            –A mí también –coincidió–, pero es difícil encontrar a una chica tan valiente como usted, que no tenga miedo a ser devorada por un tigre, son muy peligrosos. –Intentó poner un gesto serio, pero no pudo evitar esbozar una sonrisa.
            –Hay cosas peores que un tigre.
            –¿Ah, sí? ¿Qué cosas?
            –Pues… –murmuré pausadamente. Me detuve a pensar unos instantes–. Una noria, por ejemplo. Tengo pánico a las alturas.
            –Así que tiene vértigo –murmuró divertido.
            –Parece que disfruta con ello –dije un poco ofendida.
            –No es eso –matizó escondiendo rápidamente la sonrisa–. ¿Y ese miedo se debe a algo en particular?
            –Tuve una mala experiencia cuando tenía once años. Mi padre me había llevado a hacer montañismo. Pretendía que escaláramos una pequeña montaña. Me daba algo de miedo, pero mi padre me aseguró que se me pasaría cuando llevara un par de minutos de escalada. Cuando habíamos ascendido unos cuantos metros, mi arnés se aflojó y caí un par de metros abajo, golpeándome con fuerza contra las rocas. El resultado fueron algunas magulladuras, una pierna rota y un trauma de por vida –le conté mientras un escalofrío recorría todo mi cuerpo al recordar aquel episodio.
            –Quizá si se sube a una noria y descubre que no le pasa nada, pierde el pánico a las alturas. Hay miedos que se pueden curar.
            –No lo creo. Ya lo hice una vez y tuvieron que parar la atracción porque estaba histérica. A Bruno solo le faltó llamar a una ambulancia –recordé.
            –¿Puedo saber quién es Bruno? –inquirió a la vez que asentía con la cabeza al camarero, que ya le había traído su café.
            –Es mi novio.
            Antes de que pudiera decir nada más, el camarero me puso delante la comida.
            –Ya me parecía –dijo mientras nuestros ojos se cruzaban. Su mirada me ponía nerviosa, pero a la vez me tranquilizaba, era como si dejara de pensar y mi mente se quedara en blanco–. Tiene suerte de tener a alguien que se preocupe por usted.
            –Sí. –Es lo único que se me ocurrió decir. Aún seguía explorando su rostro y me sentía incapaz de desviar la mirada. No podía dejar de mirar el movimiento de sus labios cuando hablaba.
            –¿Se encuentra bien? –me preguntó–. Parece que está en otro mundo. 
            –Sí, sí, estoy bien –respondí nerviosa volviendo la mirada al plato de pollo. Pinché un pedazo y un par de patatas con el tenedor y, cuando iba a introducírmelas en la boca, mi móvil sonó. Rebusqué en el bolso en busca del teléfono. Miré la pantalla y comprobé que era Bruno.
            –¡Qué pasa nena! –exclamó a modo de saludo.
            –Hola, Bruno. ¿Qué ocurre? –indagué algo extrañada por su llamada.
            –No te vayas a enfadar… –me pidió con reparo–. No puedo ir hoy a la fiesta esa de ex alumnos. Es que ha salido un curro muy bueno, no es de lo mío, pero pagan bien.
            Hasta ese momento, no me había vuelto a acordar de la fiesta de mi antiguo instituto, que se celebraba esa misma noche. Bruno y yo habíamos decidido asistir, tras una larga conversación en la que él no me ofrecía más que objeciones para no ir. Finalmente lo convencí, pero lo hice únicamente para salirme con la mía. Estaba cansada de rechazar planes para llevar una vida monótona y sedentaria con Bruno.
            –¿Un trabajo de qué? –inquirí desconfiada, pues ya me conocía los trabajos a los que se refería, esos en los que pagaban tan bien–. Espero por tu bien que no sea de lo que estoy pensando.
            Bruno se dio cuenta de que ya había comprendido cuales eran sus intenciones. Sus trapicheos no me gustaban nada, y él lo sabía perfectamente. No ganaba demasiado dinero con eso de la música y, por más que buscaba, no conseguía un trabajo, pero con el dinero que yo cobraba en el bufete podíamos apañarnos perfectamente sin necesidad de que tuviera que hacer ese tipo de trabajos.
            –No va a haber ningún problema. Solo tengo que conducir una furgoneta y estará hecho –me aseguró. Parecía convencido, como siempre. 
            –¿Por qué no te dedicas a lo tuyo? –le aconsejé alterada–. Te pagan menos, pero al menos no te metes en líos. Además, recuerda lo que pasó la última vez. ¡Casi te pillan! –repuse entre susurros, dándole la espalda a mi jefe para evitar que escuchara la conversación.
            Ese era uno de los motivos por los que no me gustaban nada sus amigos; se relacionaban demasiado con ese tipo de ilegalidades. Lo que hicieran los demás me daba igual, pero no me gustaba que incitaran a Bruno a involucrarse en esos temas.
            –Esta vez será muy fácil, de verdad. Confía en mí. –Su tono sonaba suplicante–. Necesito mandarle la pasta a mi hermana o no podrá seguir con el tratamiento –repuso entristecido.
            Su hermana estaba en una clínica de desintoxicación que le servía de gran ayuda. Había tenido problemas de adicción al alcohol y al fin estaba mejorando. Me levanté y salí del establecimiento, tras dedicarle una mirada de disculpa a mi jefe.
            –No quiero que vayas, te lo digo en serio. ¡Estoy cansada de todo esto! Quiero tener una vida normal, sin preocuparme todo el tiempo por ti –reconocí enfadada–. Si tu hermana necesita dinero, puedo prestárselo.
            –¡Tú tampoco tienes dinero! Es una oportunidad que no puedo dejar escapar, con eso podré pagarle casi seis meses de tratamiento. Tendré cuidado, lo prometo –me garantizó.
            No podía pedirle que no lo hiciera, porque necesitaba el dinero, un dinero del que yo no disponía y que él no podía conseguir de otra forma. 
            –No puedo seguir así más tiempo –manifesté decidida–. Las cosas no van bien, y tú no haces nada para mejorar la situación.
            –¡Joder, Nora! ¿Tenemos que hablar de esto ahora?
            Nunca era un buen momento para hablar con Bruno. Nunca se enfrentaba a los problemas y trataba de solucionarlos. Simplemente fingía que no ocurría nada para no tener que molestarse en cambiar las cosas. No me sentía con fuerzas de seguir así mucho más tiempo. Hice un último esfuerzo y omití el tema.
            –¿A dónde tienes que llevar el… “pedido”? –pregunté con cierta ironía al pronunciar la última palabra.
            –Al puerto de Gijón –respondió más animado–. La cosa funciona así –comenzó a explicarme–: un colega y yo conducimos la furgo desde el puerto de A Coruña hasta el de Gijón, y ahí nos encontramos con unos tipos que se encargan de vaciar el contenido. Nosotros ni siquiera miramos lo que hay dentro, ni lo tocamos. –Hizo una pausa a la espera de que yo dijera algo, pero no me salían las palabras–. Solo soy un simple conductor –finalizó con un tono de falsa inocencia.
            –Sabes perfectamente lo que hay dentro de la furgoneta, Bruno.
            –Puedo imaginármelo –reconoció despreocupado.
            –¿Cuándo vas a estar de vuelta? –le pregunté en un tono bastante bajo.
            –Salimos hoy por la noche, así que por la mañana me tienes en casa de nuevo –me informó alegremente al darse cuenta de que me había dado por vencida.
            –Espero que todo salga bien –deseé nerviosa.
            –Ya verás cómo sí –aseguró convencido–. ¿Vas a ir a la fiesta esa tan aburrida?
            –No, no voy a ir. No voy a presentarme en el instituto yo sola –respondí entrando de nuevo en el recinto.
            –Puedes ir con alguna amiga.
            –Quizá Paula…
            –Sí, podrías ir con Paula… Nora, tengo que dejarte, he de organizar algunas cosas –me cortó apurado.
            –Está bien. Ten cuidado por favor –le dije recuperando el tono de voz normal al tiempo que sentaba de nuevo en la barra–. Hablaremos cuando vuelvas.
            –No me gusta ese tono de voz.
            –Hasta mañana, Bruno –me despedí resentida y colgué el teléfono.
            Empecé a pensar en qué pasaría si le pillaban, olvidando que Betancourt estaba a mi lado. No solía hacer trabajos de ese tipo a no ser que lo necesitara de verdad. Sabía perfectamente lo que se le pasaba a Bruno por la cabeza cuando se le presentaba una oportunidad así: dinero fácil y sin esfuerzo, qué tentador.
            –¿Pasa algo? ¿Malas noticias? –me preguntó mi jefe, devolviéndome a la tierra.
            –No, nada –mentí fingiendo indiferencia.
            –No pude evitar escuchar que no iba a ir al instituto –inquirió. ¿Cómo me había oído? Pensé que había bajado lo suficiente la voz para que no pudiera escucharme–. ¿Está estudiando todavía? –bromeó.
            –No… Es solo que… hay una fiesta de antiguos alumnos –respondí, algo sorprendida por la pregunta.
            –¿Dónde estudió?
            –En Jesuitas –respondí de forma algo seca.
            –Que bíblico suena.
            –Es un colegio religioso, con curas y todo eso –le comenté–. Cosas de mi madre.
            –No le pega mucho –reconoció arqueando las cejas con gesto de sorpresa.
            –No es que tuviera otra opción. Le sorprendería lo bien que rezaba en la capilla todos los martes. Hice la comunión ahí. Los alumnos podían hacerla en el centro.
            –Lo sé, yo también estudié ahí –confesó ladeando la cabeza y sonriendo levemente–. También me han invitado a esa fiesta.
            Me quedé con la boca abierta. ¿Mi jefe y yo habíamos estudiado en el mismo colegio? No recordaba haberlo visto antes.
            –Había pensado en acercarme un rato. Quizá le gustaría ir conmigo –me propuso con el tono algo entrecortado.
            ¿En serio me acaba de proponer que fuera con él a la fiesta? La parte de mi cerebro que seguía en funcionamiento, comenzó a especular sobre algún interés oculto en sus palabras. ¿Acaso se trataba de una cita? Ni siquiera nos tuteábamos. ¿Cómo sería la situación si acudía con él al evento? Es cierto que mostraba una preferencia hacia mí si lo comparábamos con cualquier otro trabajador del bufete, pero me había convencido a mí misma de que solo se debía a que, por causas del trabajo, teníamos más trato. El roce hace el cariño pero, ¿hasta qué punto?
            –Vaya… yo… –Intenté inventarme alguna excusa para no tener que aceptar su invitación, pero no se me ocurría nada.
            –Solo estuve en el colegio un par de meses mientras mi padre me buscaba los mejores profesores para estudiar en casa –me contó–. No creo que me conozca mucha gente, pero tenía buen trato con algunas personas que me gustaría volver a ver. –Hizo una pausa, que aprovechó para beber otro sorbo de su café–. Pero no pasa nada si no quiere, estará cansada –añadió con un leve tono de decepción.   
            Clavó fijamente sus ojos en los míos, y de forma inexplicable, mi mente se quedó en blanco.
            –Sí que quiero ir. La verdad es que me acabo de quedar sin acompañante –reconocí sin pensar. Las palabras me salían solas. Apenas sentía la necesidad de pestañear. Solo podía pensar en el movimiento de los labios de Silver Betancourt.
            –Genial. ¿A qué hora es la fiesta? –me preguntó liberando nuestras miradas y bebiendo más café–. Ni siquiera me he parado a leer detenidamente la invitación.
            –A las siete –respondí lentamente, desviando la mirada hacia otro lado, sin salir de mi asombro. No me podía creer que hubiese aceptado su invitación.
            –Entonces nos vemos cuando acabe la jornada –dijo después de terminarse el café de un trago–. Me voy, tengo mucho trabajo.
            –Hasta luego –me despedí, y él me dedicó una sonrisa. Se dirigió hacia donde se encontraba el camarero, le susurró algo al oído, y éste asintió. A continuación, se marchó sin abonar la cuenta.
            ­ –¡Mierda, Nora! ¿Qué has hecho? La has cagado… –me susurré a mí misma.
            En el tiempo que me quedaba antes de tener que volver al despacho, terminé de comer mientras leía la prensa. Hablaban mucho acerca de cuatro asesinos y dos terroristas desaparecidos en los últimos tres años. Al parecer, todos se habían esfumado de la noche a la mañana. Sus miradas daban miedo, pero sin duda aterraban mucho más los actos que habían realizado para que sus fotos merecieran situarse en primera página. Asesinatos a sangre fría, conspiración contra el gobierno, bombas en los autobuses… Eran algunos de los delitos que esos hombres acumulaban en sus historiales.
            Se me hacía tarde, así que llamé al camarero para que me cobrara.
            –¿Cuánto le debo? –le pregunté cuando se acercó a mí.
            –Queda anotado en la cuenta del señor Betancourt –me informó retirando mi plato vacío.
            Me quedé un poco confusa. No entendía por qué mi jefe tenía ese tipo de detalles conmigo, me hacían sentir incómoda. Pensé en la última vez que le había visto en la cafetería y recordé que había invitado a un helado a una niña pequeña que lloraba porque se le había explotado un globo. Era muy educado con todo el mundo, así que intenté no darle importancia a su invitación. Tenía muchas otras cosas en las que pensar.


            Me pasé el resto de mi jornada deseando que el tiempo corriera lo más deprisa posible para que la angustia que sentía, producida por el nuevo proyecto de mi novio, terminara de una vez. No podía dejar de pensar en él, en nosotros. Bruno y yo discutíamos a menudo y él, en vez de intentar solucionar los problemas, intentaba pasar el máximo tiempo posible fuera de casa. Muchas veces me había planteado romper con él, pero siempre había algo que me motivaba para seguir adelante. Llevábamos demasiado tiempo juntos, y mi vida con él se había convertido en pura rutina, en el que había más momentos malos que buenos.
            Sonó el teléfono y dejé mis pensamientos a un lado para responder la llamada. El led que se encontraba en la parte superior derecha estaba iluminada, lo que quería decir que la llamada era al número personal del despacho de Betancourt. Levanté el auricular y respondí:
            –Sorolla y asociados, le atiende Nora Suárez.
            –Me gustaría hablar con Silver Betancourt –respondió una voz masculina al otro lado del teléfono.
            –¿Me dice su nombre, por favor?
            –Soy el comisario Armando Leal.
            –Un momento por favor –le pedí amablemente. Me pregunté por qué llamaría un comisario al señor Betancourt. Quizá en un bufete de abogados era lo normal. Puse en espera la llamada, marqué el número uno y pulsé la tecla verde.
            –¿Sí? –respondió la voz de mi jefe.
            –Tiene una llamada del comisario Armando Leal –le comuniqué.
            –Dígale que ahora no puedo atenderle y que no vuelva a llamarme al número de la empresa. No le pregunte si quiere dejar recado, yo me pondré en contacto con él –me dijo apuradamente–. Cuando termine con la llamada, venga a mi despacho con las solicitudes del día. Ya casi es la hora de salir.
            –Claro –colgué el teléfono y recuperé la llamada del comisario–. El señor Betancourt no puede atenderle. Dice que le llamará en cuanto pueda, pero que no vuelva a llamarle al bufete.
            –Bien –repuso, y sin decir nada más, me colgó el teléfono.
            Apunté el nombre del policía en mi agenda de llamadas, cogí las solicitudes que había rellenado a lo largo del día, y las metí en una carpeta. Salí apresuradamente de mi despacho para dirigirme al de mi jefe. Las miradas de mis compañeros me apuntaban, y algunos murmuraban algo que no llegué a escuchar. A través de un compañero con el que había coincidido a la hora del café, me había enterado de que estaba en boca de toda la plantilla. Se rumoreaba que Betancourt y yo teníamos una aventura desde antes de mi incorporación en el bufete. A pesar de mi rotundo desmentido, estaba claro que los cuchicheos no habían desaparecido. Intentaba no darle importancia al asunto, pero resultaba complicado concentrarse en el trabajo teniendo docenas de miradas clavadas en mí cada vez que me veían con él.
            Llamé a la puerta del despacho de mi jefe y éste me invitó a entrar. Estaba sentado en su butaca de cuero negro, leyendo la prensa deportiva. Al verme, dobló el periódico y lo puso encima de la mesa de cristal. Me acerqué a él y estiré la mano para entregarle la carpeta. La cogió y se levantó para dirigirse hacia su mesa y guardar en un cajón los documentos que le acaba de entregar.
            –Nora, acérquese un momento –me pidió mientras se pegaba a la pared del norte de la sala, que estaba tapada por completo por una cortina de terciopelo verde.
            Tardé unos segundos en asimilar su orden. Vacilé unos instantes, e hice lo que me mandaba sin entender y algo nerviosa, como casi siempre que estaba con él. A pesar de que teníamos un trato más que cordial, no lograba sentirme a gusto a su lado. Una vez estuvimos los dos pegados a la pared, sonrió.
            –¿Se siente nerviosa por algo? –me preguntó con semblante serio.
            –¿Tanto se me nota?
            –Como buena gallega, responde usted con otra pregunta –observó divertido–. Yo desciendo de una estirpe francesa, así que me cuesta adaptarme –reconoció sonriente–. Descargue toda su fuerza contra la pared, como si quisiera tirarla abajo –me pidió con diversión, cambiando repentinamente de tema.
            –¿Qué? –le pregunté sin entender sus pretensiones.
            Le miré con cara de incomprensión, arrugando el entrecejo, pero al ver que sonreía divertido, seguí sus instrucciones. Arrimé el hombro contra la pared y empujé con todas mis fuerzas, como si quisiera romperla, y él hizo lo mismo. Me sentía realmente estúpida.
            –¿Por qué estamos haciendo esto? –le pregunté con curiosidad sin dejar de empujar la estructura.
            –Ya lo verá, quiero demostrarle algo –respondió con una sonrisa–. Ahora dele patadas.
            No me molesté en decir ni preguntar nada e hice lo que me mandaba. Di unas cuantas patadas a la pared, y al poco me cansé. Apoyé la espalda contra la cortina y resoplé. Me sentía cada vez más ridícula.
            –Es resistente, ¿no cree? –preguntó mirándome.
            –La verdad es que dudo que vaya a caerse, si era eso lo que pretendía –respondí con una sonrisa. No entendía nada de lo que estaba pasando.
            –A veces nuestra mente no nos deja ver la realidad, y nos crea miedos y temores donde realmente no los hay –manifestó con seriedad.
            –No comprendo por qué me dice eso –me sinceré.
            –Por favor, cierre los ojos y póngase de cara a la pared –me pidió. Al ver marcado en mi rostro un gesto de desconfianza, añadió–: Confíe en mí. Solo quiero demostrarle algo.
            Sentía miedo, pero no sabía a qué exactamente. No pude negarme a una petición tan sencilla y accedí. Cerré los ojos y escuché como se deslizaban las cortinas.  
            –Puede abrir los ojos –dijo transcurridos unos segundos.
            Al abrirlos noté como la sangre me huía del rostro. No era pared lo que se escondía detrás de la cortina, sino un enorme cristal transparente que daba a la calle y desde el cual se apreciaba la enorme altura a la que nos encontrábamos, que cada vez me parecía más elevada. Me dio la impresión de estar ascendiendo a causa de una fuerza invisible, como si mis pies estuvieran cada vez más lejos del suelo, a una distancia mucho mayor de la que había realmente. Mi respiración se paró y las piernas comenzaron a fallarme. La cabeza me daba vueltas y notaba la sangre helada. Seguía sin poder respirar, y me resultaba difícil mantenerme en pie. Continué con la mirada fija al cristal, deseando apartarla, pero sin poder hacerlo. Miraba abajo y veía los coches pasar a toda velocidad. Comencé a ver todo borroso a mí alrededor y me costaba permanecer con los ojos abiertos. Me parecía que el suelo se movía. Noté como unos brazos me rodearon la espalda para ayudarme a no caer tras perder el equilibrio. Todo mi peso quedo sujeto por los brazos que me sostenían. Mi cuerpo se elevó y mis ojos se cerraron completamente. Cuando logré abrirlos, poco a poco, estaba acostada en el sofá de mi jefe, y el hermoso rostro de éste se encontraba justo delante de mí. Sus labios se movían, pero la cabeza seguía dándome vueltas y no lograba entender lo que me decía. Aún luchaba porque los ojos no se me cerraran.
            –¿Se encuentra bien? –me preguntó preocupado, pasando su mano por mi cara.
            –Sí –mentí esforzándome por hablar, e intentado incorporarme.
            –No se levante, quédese tumbada o se volverá a desmayar –puso sus manos sobre mis hombros y me empujó hacia atrás para que no pudiera levantarme–. Lo siento mucho, pensé que le ayudaría a superar el vértigo.
            –Estoy bien. –Era cierto, ya me encontraba algo mejor–. No me lo esperaba –añadí.
            –No debí hacerlo, disculpe –repitió con preocupación.
            –Da igual, de verdad.
            –¿Se encuentra en condiciones de ir a la fiesta? –inquirió preocupado.
            –Creo que sí –intenté que mis palabras sonaran convincentes para tranquilizarle.
            ¡Mierda! Acababa de desaprovechar la excusa perfecta para librarme del lío en el que me había metido al acceder a ir con él a la maldita fiesta.
            Me levanté y esta vez no trató de impedírmelo. Me sujetó por un brazo y, al ver que no me tambaleaba me soltó. Se apresuró a cerrar la cortina y se acercó a la estantería. Abrió una pequeña nevera y sacó un refresco de cola.
            –Bébaselo, le sentará bien. –Me acercó el refresco e hizo una señal para que me sentara–. Voy a cambiarme de ropa a los vestuarios –me informó–. Espéreme aquí, no tardo nada –me pidió y salió rápidamente de la habitación.
            Me quedé sentada en el sofá, pensando. Su mirada tenía algo hipnótico para mí, y cada vez que le miraba me costaba un gran esfuerzo pensar con claridad, y eso me asustaba.
            Al cabo de un rato, Betancourt entró en el despacho vestido de manera más informal. Nunca lo había visto sin traje, puesto que siempre lo llevaba en la oficina. Vestía una camiseta de manga corta de color gris, unos vaqueros, y en la mano sujetaba una chaqueta.
            –¿Vamos? –me preguntó.
            –Claro.
            Salimos del despacho y me di cuenta de que las miradas y cuchicheos de algunos trabajadores iban dedicados a mí. Mi jefe me hablaba muy animado, pero yo no era capaz de prestarle atención. Esos cotillas mantenían mi mente en otro sitio. Sabía lo que estarían pensando: el jefe y la secretaria, que típico. En el fondo era comprensible que pensaran así al verme con él fuera del horario laboral. No era buena idea ir a la fiesta con mi jefe, pero ya era tarde para arrepentimientos.
            Mantuve la mirada distraída todo el tiempo hasta que llegamos a su coche, que estaba aparcado en un garaje privado a la vuelta de la esquina. Era un Jaguar de color azul marino metalizado. Me abrió la puerta del copiloto y entré. El vehículo tenía tapicería de cuero, na­vegador y un gran equipo de sonido. Me senté y me puse el cinturón. Él hizo lo mismo. Sacó de la guantera un CD y presionó el botón de reproducción poniendo el volumen muy bajito. Arrancó el coche y salimos del garaje para dirigirnos a la fiesta.
            –¿Te ocurre algo? No has dicho nada desde que salimos del despacho –inquirió mante­niendo la mirada en la carretera.
            ¿Me estaba tuteando? Todo comenzaba a ser demasiado informal. Quizá la culpa era mía por dejarme llevar. Él era mi jefe, y se suponía que era él el que tenía que mantener la distancia entre sus empleados. Pero tratar de inculparme no hacía que me sintiera mejor por haber permitido que esa situación se produjera.
            –No, todo va bien –mentí.
            Nos paramos en un semáforo y aprovechó el momento para clavar su mirada en la mía, provocando que de nuevo me quedara en blanco.
            –¿De verdad? –insistió en un susurro.
            Parecía como si sus labios se movieran a cámara lenta, danzando sensualmente. Tragué saliva y me estremecí. Guardé silencio unos instantes y decidí contarle lo que me rondaba por la cabeza.
            –La gente susurra cada vez que nos ven juntos y eso no me gusta, me hace sentir in­cómoda. Usted es mi jefe, y quizá relacionarnos fuera del horario laboral no sea una buena idea.
            Esbozó una sonrisa y arrancó cuando el semáforo se puso en verde.
            –No deberías preocuparte por eso. A mí me trae sin cuidado lo que la gente pueda pensar, las personas son muy envidiosas. Además no los conoces de nada, ¿qué te importa lo que puedan decir?
            No dije nada. No podía evitar sentir inquietud cuando la gente murmuraba. Sonó el móvil de Betancourt y éste conectó el manos libres.
            –Está el altavoz activado, así que mide tus palabras –dijo nada más contestar.
            –¿Con quién estás, Silver? –preguntó un hombre al otro lado del teléfono.
            –Con un cliente –mintió secamente–. ¿Qué quieres?
            –Ya está hecho lo que me pediste esta mañana –respondió. Su voz sonaba rasgada, como si estuviera afónico.
            Se produjo una pausa incómoda, en la que nadie dijo nada.
            –¿Ha salido todo bien? –preguntó mi jefe.
            –Por supuesto –garantizó con firmeza, quizá un poco molesto por la duda–. Además, hemos encontrado a alguien de nivel dos –añadió.
            –Bien, ya hablaremos de eso, tengo que dejarte, estoy ocupado –respondió, y sin dejar que el hombre dijera nada, colgó el teléfono.
            Me detuve a analizar la conducta de mi jefe. Me daba la sensación de que no era una persona demasiado sociable, incluso podía resultar desagradable a veces, sin embargo, en ningún momento había notado nada de eso conmigo.
            Por mucho que intentara ocultar la incomodidad que sentía ante la situación, el ambiente estaba algo tenso. Aún no comprendía cómo se me había ocurrido aceptar la invitación. Para romper el silencio, mi acompañante me relataba historias de su vida. No parecía notar mi actitud esquiva. Me contó que su madre había muerto cuando él tenía doce años y que su padre había fallecido recientemente. ¿Por qué me daba detalles tan personales de su infancia? Me preguntó por Bruno, y le conté que nos habíamos conocido en el instituto y que llevábamos seis años juntos. Poco más se me ocurrió añadir.
            –¿Tu novio no va a ir a la fiesta? –me preguntó.
            –No, tiene trabajo. Contaba con ver a mi amiga Paula. Somos amigas desde pequeñas, pero ya no hablamos demasiado. Quizás acuda.
            –¿Por qué no habláis? –me preguntó concentrado en la carretera.
            –Dejé pasar el tiempo y cuando quise darme cuenta, había perdido demasiadas cosas.
            El automóvil se detuvo. Ya habíamos llegado. Betancourt salió del coche y esperó a que yo hiciera lo mismo.
            Era un colegio enorme pintado de color azul cielo y verde oscuro. Disponía de pista de fútbol, de hockey y baloncesto, comedores, capilla y hasta una pequeña librería. No le faltaba nada. En las paredes había dibujados grafitis y las ventanas estaban muy sucias, pero lo disimulaban los dibujos de los alumnos de primaria que estaban pegados en ellas. La entrada, tenía un patio con jardín y flores, ro­deado por una valla metalizada. Dentro había bancos y una fuente de piedra. Cuando entramos al recinto, dimos a un hall grande y, en una esquina, estaba la recepción. En las paredes habían puesto pancartas y serpentinas y por el suelo habían esparcido globos de todos los colores. Se oía música en la planta de abajo. Un hombre mayor vestido con un uniforme gris, salió de la recepción y se dirigió hacia nosotros.
            –¿Son invitados de la fiesta de ex alumnos? –nos preguntó.
            –Sí –respondí.
            –¿Me dicen sus nombres, por favor? –nos pidió amablemente.
            –Silver Betancourt y Nora Suárez.
            Consultó nuestros nombres en la libreta que tenía en la mano y, al comprobar que estábamos en la lista, nos condujo hasta una sala grande de la planta de abajo, llena de mesas con comida y bebida.
            Todo estaba tal y cómo lo recordaba. Nos encontrábamos en el salón de actos. Las paredes eran de color morado. Para la ocasión, habían colocado un escenario con unos grandes altavoces, en el que un chico joven con unos enormes cascos en las orejas se encargaba de la música.
            Al fondo del recinto, un grupo de chicas hablaba animadamente.
            –Voy a saludar a unos conocidos –me informó mi jefe–. Deberías hacer los mismo –añadió al darse cuenta de que no le quitaba el ojo de encima a las chicas.
            Me acerqué al grupo y saludé a mis antiguas compañeras. Estuvimos un largo rato poniéndonos al día de nuestras vidas y rememorando viejos tiempos. Una de las jóvenes, con la que había compartido pupitre en primaria, me contaba cómo había sido su último viaje a Nueva York. Era una historia que realmente me interesaba, pero la aparición en el salón de actos de una chica rubia con el pelo corto y algo más baja que yo, hizo que me despistara de sus palabras. Me quedé mirándola fijamente. Era Paula.
            –Me disculpas un momento, Ana –le pedí a mi ex compañera.
            –Por supuesto –me respondió algo confusa, desviando la mirada hacia donde había puesto la mía, para averiguar el motivo de mi desplante.
            Me mezclé con la multitud, sin perder de vista a Paula.
            –Esa es la amiga de la que me hablabas antes, supongo –observó Betancourt, que se había aproximado a donde me encontraba.
            –Sí –confirmé, tratando de disimular el pequeño sobresalto que su repentina aparición me había causado.
            –¿Por qué no vas a hablar con ella?
            Antes de que pudiera reaccionar, Paula me vio y agitó los brazos con fuerza en señal de saludo. Iba a ir a hablar con ella, pero se me adelantó acercándose casi corriendo.
            –¡Hola, Nora! ¿Qué tal? –me preguntó con palabras casi ininteligibles.
            –¡Hola, Paula, cuanto me alegro de verte! –exclamé contenta.
            –Yo también –coincidió–. No sé nada de ti desde que dejaste de llamarme por lo de Bruno.
            Me quedé sin palabras a causa de su comentario. Me sorprendió que sacara el tema, porque le avergonzaba. El coqueteo que había mantenido con Bruno a mis espaldas, formaba parte del pasado. Al fin y al cabo, no había sido más que eso, un tonteo fruto de una borrachera. Pero lo cierto era que nada había vuelto a ser lo mismo entre nosotras. Y con Bruno tampoco.
            A Paula le costaba mantenerse en pie, por lo que no hizo falta que dijera nada más para darme cuenta de que estaba borracha.
            –Eso está olvidado –le recordé. Se puso un poco colorada, pero se limitó a sonreír.
            No tenía ganas de discutir con ella después de tanto tiempo. La había visto hacía un par de semanas, pero de pasada. Casi ni pudimos hablar, y ese era un buen momento para arreglar las cosas definitivamente. Quería que todo volviera a ser como antes.
            –¿Quién es tu amigo? –inquirió Paula con curiosidad, examinando a mi acompañante con detenimiento. Éste sonrió y los dos me miraron a la espera de una respuesta.
            –Es mi jefe, Silver Betancourt –le comuniqué a mi amiga. Acto seguido me dirigí a él–. Le presento a Paula.
            –Encantado –dijo estirando la mano para estrechársela a ella.
            –Lo mismo digo –coincidió sin desviar la vista de su rostro–. Así que tú eres el jefe de Nora. Ya me había dicho su madre que había conseguido trabajo, pero no sabía que tenía un jefe tan… interesante –comentó. 
            –Voy a por algo de beber –anuncié avergonzada por el comportamiento de mi amiga.
            Los dejé solos, a pesar de la mirada de socorro que me dedicó Betancourt, y me dirigí a una de las mesas más cercana a ellos, para no perderlos de vista. Me serví un poco de refresco de una jarra, y observé con detenimiento a mis ex compañeros.
            –¿Nora? –preguntó una voz a mi espalda. Me giré y vi a un chico joven muy sonriente, alto y bastante gordo. Su pelo era castaño y llevaba gafas.
            –Roberto Méndez –susurré al reconocerle. Era un antiguo compañero de clase cuando íbamos en sexto–. Cuanto tiempo sin verte.
            –¡Hola! ¿Eres Nora Suárez, verdad? Aposté con mis amigos a que sí –me informó señalando un grupito de cuatro chicos que nos observaban atentos.
            –Sí –me limité a afirmar.
            –¡Acabo de ganar veinte euros! –anunció orgulloso–. Has cambiado un montón, pero sigues igual de guapa –me alagó con timidez.  
            –Gracias Roberto, tú también has cambiado mucho –le mentí, pues seguía igual que en el colegio, excepto en la altura–. Para mejor por supuesto –añadí rápidamente al interpretar que Roberto no sabía si tomarse mis palabras como un cumplido. Al escuchar mi último comentario, sonrió satisfecho.  
            –¿Quieres una copa? –me ofreció alargando el brazo para ofrecerme el vaso que llevaba en la mano.
            –Estoy servida –dije enseñándole mi vaso.
            –Alguien me ha regalado una botella de vino. Me aseguró que un buen vino vuelve loca a cualquier mujer.
            –No creo que esta sea la clase de fiestas en las que se bebe alcohol –observé sin coger el vaso que me ofrecía.
            –Tu amiga no parece pensar lo mismo –opinó señalando a Paula, que se tambaleaba mientras gesticulaba exageradamente al hablar con Betancourt, que parecía aguantar bastante bien la situación.
            –No me apetece estar como ella esta noche.
            –Seguro que ella ha bebido algo más que una copa de vino. –Se acercó a mí para intercambiar mi vaso con el suyo–. Una copa no mata a nadie. Es una botella de las caras. Ni siquiera pienso dejársela probar a mis colegas, pero contigo haré una excepción. –Sonrió y me guiñó un ojo. Me di cuenta de que con sus palabras pretendía darme a entender que era afortunada. Levantó el vaso y lo chocó despacio contra el mío para brindar.
            –Por los viejos tiempos –brindó.
            –Y porque los nuevos sean mejores –añadí sonriente.
            Ambos bebimos un buen trago y sonreímos sin saber qué más decir.
            –¿A qué te dedicas ahora? –me preguntó curioso, buscando la manera de crear conversación.
            –Soy secretaria. ¿Y tú?
            –Abrí un albergue para excursionistas con mi hermano. Nos va bastante bien –respondió risueño. Rebuscó en sus bolsillos y sacó una tarjeta con un número de teléfono bajo el nombre “Albergue Rayo de Sol” y me la entregó–. Si vienes algún día, te haré descuento –me ofreció sonriente.
            –Yo no soy excursionista, no sé si podré entrar –bromeé. Guardé la tarjeta en el bolso tras ojearla con poco interés.
            Bebí un par de sorbos de vino y observé de reojo a mi jefe y a Paula. Ésta miraba fijamente a su interlocutor cuando hablaba. Me despedí de Roberto y me mezclé con la gente.
            Durante la noche, hablé con mi antigua profesora de matemáticas, que era mi asignatura favorita y la que mejor se me daba. También conversé con un par de antiguos compañeros. Cuando quise darme cuenta, había pasado más de una hora. Busqué a mi jefe y a Paula y me acerqué a ellos.
            –¿De qué hablabais? –pregunté con curiosidad.
            –Paula me estaba contando la vez que te caíste desde el palco de una discoteca –me contó Betancourt sonriente.
            –Eres muy graciosa –le dije con sarcasmo a mi amiga.
            –¿Qué estás bebiendo? –me preguntó Paula mirando fijamente el vaso de vino que aún seguía manteniendo en la mano, haciendo caso omiso al comentario.
            –Vino. Me ha invitado Roberto Méndez, ¿te acuerdas de él? –inquirí señalando con la mirada hacia donde se encontraba el chico.
            –No, la verdad es que no –respondió echándole un corto vistazo–. ¿Me dejas probar? –preguntó intentando quitarme el vaso de la mano.
            –No es buena idea, ya has bebido demasiado. ¿Por qué no vamos a tomar un poco el aire?
            –Si Silver se apunta… –dijo sin dejar de mirarlo, a la espera de una respuesta.
            –Sí, vamos, este lugar empieza a ser agobiante –aceptó rápidamente. Por su tono noté que ya se había cansado de aguantar a Paula.  
            Después de beberme el contenido completo del vaso salimos del colegio y nos acercamos al coche de mi jefe. 
            –Quizá debamos irnos. Estoy cansada –reconocí. Un repentino dolor de cabeza me nublaba la mente.
            –¡Hagáis lo que hagáis, me apunto! –exclamó Paula.
            –Sí, lo mejor es salir de aquí. La noche no está saliendo como la había planeado –murmuró él entre dientes–. ¿Queréis que vayamos a dar un paseo por la playa? –propuso abriéndome la puerta del copiloto, acto que obligó a Paula a sentarse detrás, muy a su pesar.
            –Buena idea, necesito un poco de tranquilidad –comenté contenta de poder lograr un poco de silencio.
            Mi jefe hablaba desganado con Paula mientras conducía. Ella se dedicaba a contarle historias de nuestro pasado que le debían resultar muy graciosas, ya que no dejaba de carcajearse. Estaba completamente distraída, cuando las palabras de Paula me sacaron del ensimismamiento.
            –…Entonces Bruno me dijo que nos fuéramos a otro sitio, aunque en realidad yo ya sabía a qué sitio quería ir –contaba mi alcoholizada amiga–. No podíamos quedarnos ahí, porque entonces la gente nos vería, así que al final nos marchamos.
            –¿De qué hablas? –le pregunté atónita.
            –Nora… Deberíamos hacer un cambio. Yo me quedo con Bruno, y tú con mi amigo Silver. Sí, sí, sí, eso sería una buena idea –opinó Paula arrastrando las palabras.
            –No le haga caso, no sabe lo que dice. Es mejor pasar del tema –le pedí a mi jefe intentando quitarle hierro al asunto.  
            –Por favor, te pediría que comenzaras a tutearme –me pidió omitiendo a Paula, que seguía hablando–, y que me llamaras Silver.
            Asentí tímidamente con la cabeza y desvié la mirada a la carretera. Silver, ni más ni menos. Se había acabado eso de “señor Betancourt”. Me encontraba algo mareada y me dolía el estómago. Cuando llegamos a la playa, para nuestra sorpresa, nos encontramos con un gran número de gente. Casi un centenar de personas bailaban al ritmo de la música que salía de los vehículos aparcados cerca de la arena. Algunos se bañaban en el agua en ropa interior y otros bebían alcohol descontroladamente.
            –¿Hay una fiesta? –preguntó Paula abriendo a toda prisa la puerta para salir del vehículo.
            –Eso parece –respondió mi jefe, algo sorprendido–. ¿Qué hacemos?, ¿nos quedamos?
            –¡Claro, eso ni se pregunta! –exclamó mi amiga eufórica mientras echaba a correr hacia la multitud.
            –Venga, vamos con ella –me dijo Silver abriéndome la puerta del coche.
            –Sí, es mejor que no la dejemos sola.
            Me quité el abrigo y lo dejé en el coche junto con el bolso. Salí del vehículo y nos mezclamos con la gente. Entre el gentío, vi a Samuel y Néstor, ambos de raza negra, altos y gordos, a los que conocía porque eran amigos de Bruno.
            –Hola –les saludé cuando se acercaron.
            –Voy a saludar a unos conocidos –me informó Silver dejándome a solas con los amigos de Bruno y dirigiéndose a un grupo de chicos.
            Aprovechando su ausencia, comencé a preguntarles directamente sobre el trabajo de mi novio. En respuesta, Samuel y Néstor intentaron tranquilizarme.
            –Es un curro buenísimo. ¡Qué pena que no quisieran contar conmigo! –se lamentó Néstor.
            –Sí, por lo visto el asunto lo lleva un millonetis. Especificó que fueran solo dos los que llevaran la mercancía y mandó a su mano derecha para que los eligiera personalmente –me informó Samuel.
            –A lo mejor, si yo hubiese estado ahí… ¡Menuda pasta se van a llevar esos cabrones! –comentó Néstor.
            –Que fácil lo veis todo –opiné dubitativa.
            –En esta vida hay que correr riesgos para ganar –me dijo Samuel.
            Mientras pretendían convencerme de lo seguro que era el trabajo, me fijé en Paula, que estaba bebiendo cerveza, coreada por una pandilla de chicos que la rodeaban y la animaban para que se metiera en el agua con ellos. Traté de buscar a mi jefe entre la multitud, pero no lo encontré. Me acerqué apresuradamente a donde se encontraba mi amiga, dejando atrás a Samuel y a Néstor, que se pusieron a hablar con un grupo de chicas, sin darle ninguna importancia a la situación que Paula estaba viviendo.
            –¡Eh! ¡Dejadla tranquila! –les ordené, mientras agarraba a mi amiga de la mano para alejarnos de esos tipos–. Nos vamos.
            –¿A dónde? Aquí me lo estoy pasando bien –balbuceó ella casi sin mantenerse en pie.
            –Creo que tu amiga no quiere ir contigo –me dijo uno de los chicos–, ¿verdad monada? –añadió dirigiéndose a Paula.
            –Pau, no les hagas caso, nos vamos a casa –le dije malhumorada agarrándola del brazo para guiarla hasta el coche–. Vamos a buscar a Silver.
            –¡No! Yo quiero bañarme con estos chicos tan simpáticos –se negó.
            Forcejeó para que le soltara y se cayó en la arena. Los chicos aprovecharon el momento para cogerla en brazos y llevarla hasta la orilla del mar. Corrí enfadada hacia ellos para ayudarla. Las personas que nos rodeaban, reían las gracias de los chicos. Un joven alto y robusto agarró a Paula de la mano y la rodeó por la cintura para intentar besarla. A pesar de que mi amiga tenía ganas de pasárselo bien, no parecía muy interesada en el muchacho. Cada vez se alejaban más de la orilla. Me metí en el agua lentamente y con un miedo atroz, ya que no sabía nadar. Estaba congelada, pero el oleaje estaba bastante calmado.
            –¡Déjala en paz! –le ordené a la vez que lo empujaba.
            Apenas me sentía con fuerza para mantenerme en pie. La cabeza me ardía y tenía el estómago revuelto.
            –¿Así que tú también querías darte un baño, eh? –me preguntó burlón el chico. El agua me llegaba por la cintura, y apenas notaba las piernas a causa del frío. Estaba tiritando.
            –¡Nos vamos!
            –Yo no me voy a ningún lado, vete tú si quieres. Sé cuidar de mí misma –espetó lentamente, como si le costara pronunciar cada una de sus palabras. A continuación se separó del muchacho y salió del agua, no sin antes caerse de bruces. Intenté seguirla, pero unos enormes brazos me rodearon por la espalda.
            –¿A dónde crees que vas? Aún lo podemos pasar muy bien sin tu amiguita –me propuso. Me levantó y me cargó sobre sus hombros mientras salía del agua.
            –¡Suéltame! –le grité desesperadamente. Empezaba a sentirme cada vez más mareada y agobiada. Me costaba respirar a causa de la presión que el muchacho ejercía en mi pecho para agarrarme. Daba patadas al aire, pero no lograba que mi captor me soltara.
            –Venga, no te resistas –me dijo un chico de pelo castaño, que se acercó por delante para sujetarme los pies. Nadie parecía sentirse alarmado por la situación.
            –Venid chicos, vamos a jugar un rato –dijo uno de ellos. Otros dos chicos se acercaron y nos rodearon mientras se reían. No parecía que nadie escuchara mis gritos. En realidad no tenía claro si estaba gritando. Me sentía confusa y desorientada.
            Me acostaron en el suelo y el primero se puso encima de mí. Cerré los ojos e intenté chillar. Daba manotazos y patadas a ciegas, pero de nada servía. La voz casi no lograba salir de mi garganta. Al cabo de unos segundos me quedé paralizada, sin hacer nada, como si ya no tuviera fuerzas para seguir luchando, incluso dejó de importarme lo que me pasara. Notaba el peso del chico encima de mí y manos violentas en mis piernas y brazos, las pupilas dilatadas y voces que no reconocía retumbando en mi cabeza. De pronto, el peso que aplastaba mi estómago desapareció. Abrí los ojos, y reconocí a Silver. Pude ver a un muchacho tumbado a mi lado sangrando por la nariz y cómo mi jefe golpeaba con fuerza al chico de pelo castaño. Las voces y los gritos sonaban distorsionadas, y todo parecía suceder a cámara lenta ante mis ojos. Me levanté con dificultad de la arena. De repente, el mar empezó a agitarse y olas violentas comenzaron a nacer. Un fuerte viento surgió de la nada y la arena se revolvió formando remolinos. La gente huía de la playa y miraban en la lejanía los extraños sucesos. Parecía que el mar estaba hambriento, deseoso de engullir todo a su paso, y lo más cercano a él era yo.
            Comencé a andar con la vista nublada por el repentino temporal, y me encontré de frente con el hermoso rostro de mi jefe. Movía los labios, me hablaba, me gritaba, pero a mis oídos solo llegaban pitidos y sonidos ininteligibles. Antes de que pudiéramos alejarnos del lugar, alguien me empujó por detrás, provocando que me cayera de nuevo al suelo. Un chico muy gordo intentó propiciarle a Silver una patada, pero éste se abalanzó sobre él y forcejearon violentamente. Me levanté y empujé al joven con dificultad. Las piernas me temblaban del pánico.
            –¡Ve al coche! –me gritó mientras agarraba al muchacho por la camiseta.
            –No puedo… voy a buscar…
            –¡Que vayas al coche, joder! –repitió enfadado.
            Antes de que tuviera tiempo de pensar qué hacer, me encontraba corriendo hacía su vehículo. Cuando llegué, me quedé quieta delante de la puerta del conductor. Intentaba buscar entre la gente a Paula para comprobar que se encontraba bien, pero no lograba ver más que sombras moviéndose a toda velocidad. Al cabo de unos minutos una mano fría tocó mi hombro. Di un salto y me eché hacia atrás acobardada, cayéndome al suelo. Silver estaba a mi lado. La ira le embargaba, pero trataba de mantener la calma. Respiraba apuradamente y apretaba los puños con fuerza. Me agarró del brazo para que pudiera levantarme y me ayudó a entrar en la parte de atrás del vehículo. Me acosté lentamente y noté cómo el coche comenzaba a andar.
            –¿Conocías de algo a esos…? –inquirió con ira.
            –No –negué–. ¿Dónde está Paula?
            –Se ha quedado en la playa y no quiere venir, no podemos hacer nada.
            –¿Adónde vamos? –pregunté nerviosa. Las manos me temblaban.
            –A mi casa –contestó. El coche se paró y vi su rostro, que se giró hacia mí. Nuestras miradas se quedaron fijas la una en la otra–. ¿Estás bien?
            –No sé qué me pasa… –me quejé débilmente. 
            Escuchaba su voz, pero no me importaba lo que estuviera diciendo. Mi alrededor se volvió negro. Todo pasaba a gran velocidad, distinguía luces y sombras, pero ya no notaba el movimiento del coche. Me di cuenta de que estaba caminando guiada por Silver. Tenía los ojos totalmente abiertos, sin apenas pestañear, pero seguía sin distinguir el entorno en el que me encontraba. No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde que nos habíamos marchado de la playa, pero me parecía una eternidad. Volví a escuchar la voz de mi jefe, que me hablaba mientras sujetaba mi rostro con las manos.
            –¿Estás segura? –logré entender.
            Asentí con la cabeza sin comprender de qué debía estar segura exactamente. Me dio la impresión de que sus labios se juntaban con los míos y un escalofrío recorrió mi espalda. Sus brazos me rodearon fuertemente y susurró algo en mi oído. Intenté prestar toda mi atención para captar sus palabras, pero no logré entender nada.
            En esos momentos solo tenía ganas de dormir o de quedarme quieta, ni siquiera quería hablar. Casi no tenía fuerzas para respirar y no sabía dónde me encontraba. De mis ojos resbalaban lágrimas involuntariamente. Me acosté en la superficie en la que nos encontrábamos, que era de una textura suave y blanda. Me pareció que era una cama, o quizá un sofá.
            Mi mente se nubló y todo se volvió negro. Ya no veía luces, ni sombras. Ya no veía nada. Tampoco tenía frío ni convulsiones. Todos los síntomas que me hacían sentir mal habían desaparecido. Cerré los ojos fuertemente y todo quedó en calma.

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